Un ejemplo vivo de la lucha contra el trabajo infantil

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Durante mi carrera periodística uno de los momentos que más me han marcado fue entrevistar a una pequeña niña de 11 años, no olvidaré esa hora de diálogo, sentados en el césped del Parque Central.

“Rosita” (nombre protegido) es una niña de contextura delgada, de tez morena, mirada esquiva y de poco hablar, quien desde los 5 años dejó los juegos, dibujos y muñecas comunes de la infancia para salir a trabajar en las calles de Manta.

Su jornada era extenuante, salía a las 6 de la mañana desde su humilde vivienda ubicada en la Nueva Esperanza, en la parroquia Eloy Alfaro llevando en sus manos una fundita de caramelos que debía ser vendida. Los puntos que Rosita frecuentaba mayormente eran la playa de Tarqui, Parque Central y Plaza Cívica ya que en ahí las ventas eran “buenas”.

En ocasiones, luego de caminar y caminar, llegaba la media noche, Rosita debía tomar un taxi para retornar a casa, donde no precisamente la esperaba una madre amorosa. Si había dinero todo marchaba bien, si los dólares no eran los suficientes habían golpes para ella y su pequeño hermano. Pese a su tristeza, al ver como su hermano era maltratado por “culpa de ella”, no tenía tiempo para lamentarse, había que dormir, porque al siguiente la esperaba otra jornada de trabajo.

El caso de Rosita fue conocido por el Consejo Cantonal de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia de Manta (CCPINAM) y los organismos que conforman el Comité Interinstitucional, quienes tomaron cartas en el asunto. Gracias a esta intervención, fue sacada de las calles y llevada junto a sus dos hermanos a una Fundación donde les brindaron los cuidados que no recibían de sus padres, e inició un largo proceso legal para otorgar la custodia de los niños a sus abuelitos paternos, quienes no conocían de la penosa situación de sus nietos.

Rosita es una de los cerca de 2 mil 500 niños, niñas y adolescentes de Manta que han dejado de trabajar durante los 5 últimos años, gracias al trabajo de 35 instituciones, quienes diariamente realizan controles y llevan adelante programas que mantiene a los chicos alejados de las calles. Un trabajo arduo, sin horarios y silencioso que da frutos. Sin embargo aun falta por hacer, pues según datos del CCPINAM, actualmente 304 niños, niñas y adolescentes trabajan en el cantón.

Luego de 3 años Rosita no sabe nada de sus progenitores, dejó la Fundación para vivir con sus abuelos. Va a una de las escuelas fiscales de la ciudad, donde cursa el quinto año básico. De vez en cuando visita el Parque Central de Manta, ya no para vender caramelos, sino para jugar en los columpios o en el pasamano como cualquier niño.

Cerrando la entrevista pregunté a Rosita: Cuando tengas tus hijos ¿los enviarías a trabajar?. Ella Respondió tajantemente: No, preferiría yo irme a vender caramelos y que mis hijos vayan a la escuela y se queden en casa. Esa respuesta me dio esperanzas de que algún día alcanzaremos la meta de que ningún niño, niña o adolescente trabaje en las calles de nuestra ciudad.

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