La Santa Inquisición mediática y los mártires de la verdad

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Hoy, la gran mayoría de ciudadanos sabe que la invasión a Irak (2003) fue orquestada en base a una gran cantidad de mentiras, principalmente la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, por parte del régimen de Saddam Hussein. Pero lo que probablemente muchos no sepamos, es que esta macabra confabulación entre los poderes económicos ocultos tras la maquinaria de guerra y las grandes cadenas mediáticas, realizaron una “santa inquisición” en contra de aquellos que fueron los primeros en alzar sus voces para dar a conocer al mundo esta farsa que hasta el día de hoy sigue costando sangre y dolor a los iraquíes.

David Kelly era inspector de armas de la ONU para Irak. Él, más que nadie sabía que lo dicho por el gobierno de Tony Blair de que Hussein tenía misiles y armas de destrucción masivas que podrían ser puestas en funcionamiento en 45 minutos, era una vil mentira. Por ello habría decidido hablar, informando a la BBC de que esta noticia promovida por el gobierno estaba fundamentada en información falsa.

El gobierno británico llegó a Kelly, lo interrogó, lo acusó y lo amenazó con acciones judiciales. A este acoso, rápidamente se sumaron los medios serviles a las empresas bélicas que no dudaron en tildarlo de “víbora pérfida”. Algunos miembros del gobierno lo llamaron “topo” y “traidor”.

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Psicológicamente afectado por toda esta campaña en su contra, David Kelly se suicidó el 17 de julio de 2003, en un bosque de Oxfordshire, cercano a su vivienda en Inglaterra. Murió por haber dicho la verdad, aunque su valiente acto no logró detener la estampida occidental en contra del pueblo iraquí, que hace rato superó el millón de civiles muertos por esta “intervención” orquestada por Estados Unidos, con el apoyo de Inglaterra y España.

Este es solo uno de los tantos casos que recoge el periodista Ignacio Ramonet en su libro La Explosión del Periodismo (2011) sobre personas que decidieron alzar su voz contra el poder económico que gobierna el mundo. En 1983, Sarah Tisdall, fue condenada a seis meses de prisión por suministrar información a The Guardian sobre la instalación secreta de misiles crucero norteamericanos en territorio británico. En 1986, Mordejai Vanunu, fue sentenciado a dieciocho años de prisión por haber filtrado a The Sunday Times, documentos que demostraban que Israel poseía armamentos nucleares.

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Hoy el fundador de Wikileaks, Julian Assange, yace encerrado en la embajada ecuatoriana en Inglaterra, también perseguido por difundir información acerca de violaciones de derechos humanos y asesinato de civiles en Afganistán, cuentas bancarias de millonarios que evaden el pago de impuestos en todo el mundo, y muchas atrocidades más. Assange, al igual que todo aquel que se atreva a denunciar al poder, ya ha sido demonizado por la inquisición mediática.

En su texto, Ramonet propone “la creación de un quinto poder, cuya función sería la de denunciar el superpoder de algunos grandes grupos mediáticos que, en determinadas circunstancias, no sólo no defienden a los ciudadanos sino que actúan en su contra.” Ese superpoder que construye una opinión pública favorable a las guerras e invasiones, que solapa a las transnacionales que nos envenenan, que pretende callar a quienes todavía tenemos la conciencia de decir la verdad.

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