Mis primeras lágrimas por el 16A

Imagen tomada de América Vive https://www.youtube.com/watch?v=HOP28u_Nyak

Recuerdo muy bien mis primeras lágrimas a causa del 16 A. Estas no aparecieron cuando, a los pocos segundos del fatídico terremoto, vi como algunas paredes de nuestra casa habían caído; tampoco al observar muchos de los edificios que desde niño frecuentaba convertidos en escombros. Con un poco de vergüenza, debo reconocer que tampoco lloré al enterarme del fallecimiento de algunos amigos y conocidos, ni cuando vi a familias de la parroquia Tarqui llorar a sus muertos, así, en plena vereda, frente a lo que algún día fue su hogar. A lo mejor, debe ser que tenía aquello que los entendidos en la materia llaman un estado de shock, o algo parecido.

Mis primeras lágrimas a causa del 16A aparecieron cerca de la medianoche del 19 de abril, cuando se reactivaron los servicios básicos en el sector donde habito. Hasta entonces, pese a ser periodista, no había querido saber nada de televisión, periódicos ni noticieros, hasta que decidí entrar a Twitter para ver el 16A más allá de mis ojos.

Una de las primeras imágenes que observé en el microblogging fue la de José Montesdeoca, un manabita también, pero radicado en Quito, donde vendía café y empanadas en las frías mañanas de la capital de los ecuatorianos. En la imagen, este hombre de unos sesenta años y aspecto humilde lloraba, montaba una pequeña bicicleta y frente a él su canasto ya vació; sucede que Don José se había acercado a la tribuna de los Shyris, donde los quiteños recaudaban donaciones en favor de los afectados del terremoto, para entregar todo lo que había ganado ese día y, para mi suerte, algunos periodistas habían estado presente y lo entrevistaron.

En otras imágenes, unos jóvenes universitarios de Guayaquil, con cajitas en mano, sorteaban el tráfico de la perla del Pacífico pidiendo dinero a los conductores para los damnificados, mientras que, en una ciudad desconocida para mí, decenas de ciudadanos arreglaban fundas con alimentos y ropa para ser distribuidas en Manabí y Esmeraldas. Imágenes como estas se generaban desde casi todo el país.

No pude más, las lágrimas empezaron a rodar y cada vez con mayor rapidez; sentí un ahogo, una carga emocional indescriptible, pero que en realidad era una especie de liberación, quitarme de encima toneladas de sentimientos, aflojarme un poco ese nudo en la garganta, algo que se pudo concretar únicamente gracias a la solidaridad de los más humildes.

Un año después, al recordar esas primeras lágrimas, me doy cuenta que quizás fue por eso que, hace poco, me dio tanta rabia ver cómo desubicados y políticos inescrupulosos sacaron provecho de toda esa solidaridad para tratar de hacerse de unos cuantos votos, armando mamotretos mediáticos en plena campaña presidencial. En realidad, me da asco ver cómo la politiquería puede tomar lo más bondadoso y sincero para convertirlo en lo más bajo y ruin.

También recuerdo que esa noche me dije “algún día iré a Quito a conocer a Don José para agradecerle”, lamentablemente he estado ocupado en cosas menos importantes que ser grato con alguien que, sin saberlo, me ayudó tanto. Mientras tanto, finalizo estas líneas con un gracias a todos los que nos tendieron sus manos sinceras en aquellas oscuras horas.

¡Ah, lo más importante! La solidaridad siempre se sobrepondrá a la desolación.

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